La moneda de cambio

Un blog que merece la pena visitar, el de Julio Rubio Gómez. Un ejemplo de muestra:

crew boxing

Me llaman al móvil;

– ¿Julio Rubio?

– Si, soy yo

– Hola buenos días, soy María de servicios sociales del distrito. Llevamos el caso e Manuel que está tutelado por la Comunidad de Madrid, y decía que quería apuntarse a boxeo, nos ha traído una autorización.

– Si, se pasó el otro día con varios chavales, estuvo preguntando porque un amigo suyo viene a boxeo, y le di una autorización por si quería apuntarse.

La conversación sigue, yo le explico a la trabajadora social en que consiste el proyecto. Pero hay un punto en que María es contundente;

– Mira también nos ha traído una autorización para una excursión a la montaña, ahí si que no quiero que vaya porque se está portando muy mal, está todo el día en la calle, consumiendo, haciendo pequeños hurtos… y esto sería un premio para él.

– Mire, nosotros tenemos un problema, y es que nos utilizan de “moneda de cambio”, se ve el proyecto de boxeo o las excursiones como un premio y yo creo que no, creo que es una actividad en sí tan importante como cualquier otra. Que el niño se lo pase bien no es sinónimo de que no esté aprendiendo, que no haya un trabajo pedagógico detrás, que no se estén tratando los problemas que le rodean… Después de la segunda evaluación casi todos han suspendido, ha sido un desastre las notas, y los padres les quitan de boxeo, o de fútbol, baloncesto… porque consideran que es un premio, no ven que aquí también hay un trabajo con estos chicos, que también hay educación. Siempre pensamos que si el chaval se divierte no está aprendiendo, y esto es un error. O todo lo que no sea enseñarles conocimientos cientifico-linguisticos no vale para nada, más que para premiar. Yo les digo siempre a los padres que deben reconocer el esfuerzo que están haciendo sus hijos o hijas en boxeo; vienen puntuales, se portan bien, se sacrifican, sudan… es importante reconocerles este esfuerzo. Yo personalmente cuando les dan las notas les digo; “no se que notas habrás sacado pero aquí tienes un sobresaliente”. Porque si no ellos creen que todo lo hacen mal, y no es verdad. Esta actividad es un espacio donde compartir (alegrías y problemas), donde los chavales hacen amigos, encuentran adultos que les hacen caso, hacen deporte, o salen a ver la montaña (chavales que nunca han salido del barrio), así se mantienen alejados de estar por ahí como usted misma ha dicho; en la calle, robando, consumiendo…

Mirar de otra manera

Aunque el vídeo tiene ya tres años, merece la pena recuperar la información compartida por el colectivo “Aldea Social” en el documental “La otra mirada”. Una buena muestra de que es necesario adoptar nuevos puntos de vista si de verdad tenemos voluntad de cambiar las cosas y que se respeten los derechos de todos y todas.

Invisibilidad y Transparencia

Ahora que se acerca el 17 de Octubre, día para la erradicación de la extrema pobreza, una jornada en la que promovemos que quienes la sufren tomen la palabra en el centro de nuestras sociedades, es un buen momento para revisar qué tipo de visibilidad es una oportunidad de promoción para ellas y cual no. Del blog desastrando:

 

El problema de la pobreza es que se la quiere hacer invisible.

El problema de la pobreza es que se la quiere hacer transparente.

Parece lo mismo, pero no lo es. Para nada.

—————————————————-

Cuando hace 2 años comenzó la trayectoria del grupo de Invisibles de Tetuán, el primero de varios que posteriormente han ido apareciendo con el mismo nombre en la Comunidad de Madrid, fue en respuesta al ninguneo y la invisibilización de quien entonces estaba en la Junta Municipal: para justificar el intento de cierre del banco de alimentos autogestionado que llevaba unos meses en marcha, la concejala se refugiaba diciendo que “en Tetuán no hay casi gente pasando hambre, ni que no pueda pagar las facturas; en todo caso lo que hay es mucha picaresca”. Estaba claro que no había paseado mucho por las calles del distrito en las que quienes allí vivimos hemos ido encontrando a lo largo de los años cada vez a más gente rebuscando en la basura. Pero sobre todo, con esta sentencia mostraba que tampoco tenía interés en abrir los ojos a la realidad, y que de hecho esta le molestaba. Por eso su respuesta frente a las necesidades puestas en evidencia por el banco de alimentos fue, simple y llanamente, tratar de cerrarlo. Una manera eficaz de mantener su apuesta por la invisibilización de la pobreza: ojos que no ven, sociedad que no siente.

Frente a esta ceguera que se quería imponer, la respuesta fue clara: una campaña en la que poner rostros, cifras e historias a estas realidades cotidianas para tantas y tantos. Y un mensaje claro: las gentes invisibles quieren dejar de serlo, quieren ser reconocidas, cuidadas y, sobre todo, respetadas.

Invisibles, nunca más.

Frente a este impulso desde abajo por dejar de ser invisibles, desde las instituciones y el mundo profesional avanza otra dinámica de visibilización: la imposición de la transparencia, el intento constante de llegar a tener un conocimiento lo más amplio posible de la vida y las costumbres de estas gentes confinadas a los márgenes, o al menos de determinados aspectos de ella. Estas personas que viven en pobreza resultan así invisibles para la sociedad en general, pero los dispositivos que les atienden ansían siempre saber más y mejor de ellos, quitar de en medio todas las opacidades, mentiras y medias verdades que sospechan que pueden darse. Con la excusa de necesitar conocer la realidad lo mejor posible, el derecho a la intimidad salta por los aires: si quieres ayuda, tienes que estar dispuesta a dejar a que quien la gestiona pueda rebuscar la información “pertinente” en tu vida, siempre con la desconfianza a cuestas, “porque siempre te mienten, te dicen lo que quieres oir”. Esta frase due el consejo que un compañero me dio el día que empecé a trabajar en un Centro de Drogodependencias. Cuando la escuché, me pareció una falacia; al cabo de un tiempo descubrí que tenía mucho de verdad, pero que faltaba gran parte de la explicación: ante la dinámica “policial” y de cuestionamiento continuo de los profesionales, quienes acudían a nosotros se defendían protegiendo su intimidad y mostrando la realidad más adecuada para conseguir el apoyo que andaban buscando. Nada extravagante, por otro lado, pues anda que no decoramos la realidad unos y otras, por ejemplo, cuando nos relacionamos con nuestros jefes, para así conseguir su aprobación, reforzar nuestra buena imagen o evitar críticas.

Pero cuando vives en pobreza ese es otro derecho que no tienes. La invisibilidad social se complementa con la transparencia total demandada por los servicios especializados en atenderte, como si así se mantuviera el equilibrio: frente a la opacidad social absoluta, la mirada técnica vigilante que pretende atravesar todas las capas protectoras. Además, este conocimiento en profundidad que se pretende de determinados aspectos de la vida de “los pobres” no se construye a partir de la confianza, lo cual podría tener sentido y, sobre todo, ser menos hiriente. Porque el baile de profesionales, mayor además en los lugares de mayor vulnerabilidad, implica que cada pocos meses tienes que estar de nuevo abriendo tu vida y precariedades a nuevos profesionales que aterrizan en servicios en los cuales ni ellos mismo saben cuanto tiempo van a poder estar.

Pocas veces se ha señalado, pero esta búsqueda de la transparencia, termina siendo una de las causas de la persistencia de la pobreza y la exclusión. Su obsesión por evitar engaños y conocer todas las circunstancias determinantes termina poniendo en evidencia las fragilidades, bloqueos y contradicciones cotidianas de aquellos a quienes no les queda otra que buscar en el día a día como salir de los mil y un problemas que tienen. Las soluciones que encuentran nunca son las ideales, y hay muchos elementos de su vida que quieren ocultar (como nos pasa a todas, la transparencia total es insoportable). Pero esta mirada inquisidora no acepta detenerse en su búsqueda de “la verdad”, y termina iluminando no las capacidades y fortalezas de la gente, sino principalmente sus miserias y debilidades. Así, finalmente, fuerza la ruptura del vínculo que podría hacernos sentir parte del mismo caminar y facilita el que se pueda señalar a quien se queda en el camino como único/a culpable de lo que le pasa: bajo la lupa quedan expuestas todas las pruebas que muestran que no hace lo suficiente, que no sigue la indiciaciones, que no quiere, en definitiva, salir adelante.

¿Qué pasaría si aplicáramos la lupa en sentido contrario? En caso de que se hiciera, podríamos descubrir como los propios mecanismos administrativos y las condiciones establecidas para dar ayudas, determinadas siempre desde despachos a los que la realidad les queda demasiado lejos, incitan constantemente a quienes no tienen otra opción que solicitarlas a plantearse cómo poder construir un relato que presentar que pueda superar todas las barreras de acceso. Aún así, muchos y muchas se aferran a ir siempre “con la verdad por delante”. Desgraciadamente, cuando los problemas y dificultades se acumulan, esto no es garantía de conseguir lo que se necesita, e incluso puede suponer ponerse en riesgo.

Un ejemplo que se presentó hace unas semanas en un foro en Madrid: “Muchas veces te cuestionan tu verdad, pero también te obligan a mentir para conseguir ayudas. Por ejemplo, si tienes un trabajo temporal mal pagado y por eso tienes un complemento de la RMI, tienes que firmar que vas a buscar mejora de empleo. Pero si encuentras uno en el que te pagan 50 euros más, pierdes la RMI, y con ello el complemento para el comedor, y la ayuda de libros… ¿Cómo vas a buscar un trabajo así? Pero tienes que firmar o no te dan la ayuda”.

——————————————

Quienes viven en pobreza no quieren ser invisibles, sino sostener una mirada respetuosa del resto de la ciudadanía.

Quienes viven en pobreza no quieren ser transparente, sino poder decidir a quién abrir su intimidad, poder construir relaciones en la confianza.

Ni invisibles, ni transparentes. Que no es lo mismo ni es igual.

Emprendiendo desde abajo

El Diccionario de las Periferias de Carabancheleando es de lectura obligada para mirar las realidades de nuestras ciudades de otra manera. Una muestra de ello es el acercamiento a la realidad de quienes se ven obligados a buscarse la vida, día a día, en las calles.

Diccionario de las Periferias: Buscarse la vida

amp_9858

Si hay un personaje mítico de nuestros tiempos, ese es el “Super-Emprendedor”. Vencedor de un sin fin de batallas, supo tener la brillantez de concebir una gran idea de negocio, el arrojo y la valentía para invertir en ella, la capacidad de trabajo y esfuerzo suficiente para gestarla en una incubadora de empresas, hasta llegar el momento de acelerar su crecimiento y convertir a aquella pequeña iniciativa en una prometedora start up. La capacidad de liderazgo hará el resto. Su reluciente sonrisa será presentada en los medios como un nuevo caso de éxito personal. Pero no solo. Seguro que también entrena varias horas al día para disputar la próxima ironman, mientras dedica la noche a verter consejos para otros futuros emprendedores en el blog desde el que alimenta su marca personal. Y todo eso sin contar las loas que recibirá por la función social que cumple, pues su triunfo no es sólo suyo, es garantía de empleo para el conjunto de la sociedad.

Este relato del hombre (sí, en masculino) forjado a sí mismo, que puede arrancarnos alguna sonrisa, pero también convertirse en promesa de futuro, oculta demasiadas cosas. Por supuesto, esconde su anti-héroe, ese alter ego del emprendedor que vive enfermo, acosado por el agotamiento y la depresión como únicas respuestas ante las altas dosis de exigencia, rendimiento y autoexplotación. Pero esconde también que los emprendedores no tienen en realidad capacidades mágicas para la creatividad, el trabajo y la valentía de asumir los riesgos que emprender conlleva. En realidad, la cosa es mucho más sencilla: proceden, en su inmensa mayoría, de nichos socioeconómicos con las suficientes seguridades como para asumir el tiempo sin cobrar que requiere el desarrollo de una iniciativa y las pérdidas que en caso de fracaso ésta pudiera acarrear. Esa diferencia de clase que el neoliberalismo se empeña en invisibilizar pero que la vida cotidiana de las periferias pone en primer plano día tras día. Por eso, no hay apenas emprendedores en los barrios. La gente en los barrios, y no ahora, sino desde siempre, no emprende. Se busca la vida.

Pero buscarse la vida, hacer tus business, o tener unos trapis llegado el caso, no son la versión pobre del emprendimiento. Detrás de las mil y una iniciativas de trabajo que surgen en los barrios hay mucho más que promesas de éxito y enriquecimiento individual. Primero, porque la inmensa mayoría de las personas que se buscan la vida en los barrios saben que eso no llegará o, si llega, será a costa de transitar determinados mundos en los que los riesgos son mucho mayores que ver apagarse a una start up. Segundo, porque su origen no es una receta de individualismo a la medida de cada quien. Parten de una situación mucho más colectiva (la pobreza generalizada entre determinados sectores de la población y la imposibilidad estructural de ganar un salario dentro del mercado de trabajo normalizado) que tiene más que ver con la subsistencia y la supervivencia que con los sueños de triunfo y las aspiraciones profesionales.

Y, sin embargo, buscarse la vida no es sólo sobrevivir. En muchas ocasiones se compone de deseos de autonomía y dinámicas de autogestión que pueden llegar a constituir una auténtica provocación al orden económico establecido. Ni, desde luego, buscarse la vida es la vía fácil del mercado informal que pintan muchos políticos, medios de comunicación y fuerzas policiales. Son prácticas arriesgadas, y en juego se pone mucho más que perder los ahorros en una idea de negocio fracasada.

Quizá por todo eso, a diferencia del emprendimiento, esta “emprendeduría por abajo” no se desapega de su trama colectiva, no es pura competencia, no puede creerse el relato del individualismo como única forma de progreso, sino que precisamente necesita de la capacidad de tejer vínculos duraderos y lealtades colectivas que se nutren del propio territorio, los barrios, en los que se brega la vida.