La red

Nuestras capacidades son unas semillas que nos pertenecen; pero que siempre admiten un desarrollo, un crecimiento, que no se produce más que en comunidad, en sociedad, en grupo, en familia.

Por Daniel García

Pensemos en la capacidad de hablar. El niño de Rouseau no hablaba; pero era simplemente porque no tenía con quién. Así, la realidad de la extrema pobreza y la exclusión rompe la capacidad de relacionarse con otros. Y muchas veces esta barrera se viene abajo con cosas muy simples, pero que permiten salir de este aislamiento.

Por ejemplo, Ángel García recuerda como un momento clave su primera experiencia fuera de su barrio y su familia:

“Recuerdo que cuando me fui al servicio militar dejé a mi familia con mucha pena. Yo era el típico chico que no salía mucho por el barrio, fue la primera vez que salí, y el ir al servicio militar me enseñó mucho, volví habiendo aprendido mucho”

Mari Carmen Amaya nos cuenta con cariño lo que supuso para su familia la salida al Safari Park a ver los animales:

“Cuando fuimos al safari fue demasiado. Nunca habían salido los niños del Pozo del Huevo. Ver que pasaban un buen rato y se reían era estupendo. A la pequeña la monté en una ovejita y la oveja corría con la niña montada. Cuando los monos saltaban encima del autocar los niños se asustaban. Y ver a los niños con tanta felicidad, que no querían salir de allí, fue mucho. La que la gozó también fue mi mamá, que nunca conoció nada, solo la chabola y el piso, la gozó. Y dijo que era muy bonito”

Pero para romper estos límites marcados por la exclusión no siempre hace falta salir fuera. Muchas familias nos hablan de lo importante que ha sido para ellas relacionarse en su barrio con personas muy diferentes en el marco de las actividades del Movimiento Cuarto Mundo. Por ejemplo, Gema Quirós nos habla mucho sobre sus primeras impresiones y como se venció la desconfianza inicial con los voluntarios que iban a su antiguo barrio, el Pozo del Huevo:

“Al principio, cuando venían los de la biblioteca de calle yo los miraba porque no sabía quienes eran. Decían: “nos llevamos a la niña”,  y yo decía “no, la niña se queda a aquí”. ¡Y cuando vino un chico al que los niños llamaban el “pájaro loco”,  porque llevaba los pelos de colores diciendo: “déjame a los niños”! Llevaba el pelo rapado y en medio una cresta y a veces una coletita detrás, ¡unas pintas! Ahora ya estamos más acostumbradas porque nuestras niñas también se ponen pendientes en sitios raros; pero por entonces… Este llevaba un aro en la ceja y muchos pendientes más. Un montón de pendientes. Imagínate dejarle los niños a este personaje. Y otros con unas camisetas cortas todos hipis. Payos con coche y vestidos así. Pensábamos: “estos se llevan a los niños” y nos poníamos todas las madres allí a vigilar.

Eran chicos jóvenes;  pero por haber sido constantes llamando a la puerta, lo consiguieron. Al final todos le dejaban los niños al “pájaro loco” y luego a Dani. No sé cómo podía ir vestido de aquella manera, porque era totalmente distinto, muy cariñoso, y en cuanto hablaba te dabas cuenta y decías, ¿como puede ir vestido así, si es buena gente?

Un momento importante fue cuando vino Susana, otra voluntaria, a mi casa y pensó mi madre que no comería nada una chica tan bien vestida y así… y cuando vio que comía el repollo con patatas, la típica olla gitana, se puso muy contenta y orgullosa más que si le hubieran dado 5 millones de pesetas.”

También los encuentros internacionales, el poder descubrir lo que se vive en otros países, ha ayudado a derribar este muro de incomprensión, como dice Leo Sánchez: “Cuando los suizos estuvieron en mi casa en el Encuentro Europeo de Mayo de 2002, yo creía que en Suiza no había pobreza y vaya si la hay, y ellos conocieron mi realidad. Yo vi que en todas partes cuecen habas. Descubrir eso de otros países derriba tópicos y barreras y dejas de creer que eres muy raro y es como un acercamiento a lo que ocurre allí”

Pero más allá de los encuentros personales, la acción, el ser capaz de actuar ayuda también a liberar. Nuestras capacidades y con ellas nuestros horizontes se ensanchan cuando alguien tira de nosotros, porque nos necesita y nos confía una tarea, porque disfruta haciendo algo en común y nos anima a acompañarle, porque es nuestro amigo y quiere compartir los placeres de la conversación o el disfrute del arte o la naturaleza o la comida…

Conchi García habla así del primer taller en el que ella participó:

“Susana sabía sacar cosas de mí. En el primer taller al que fui me puso a hacer una lámpara. Yo no quería, porque tenía miedo a hacer el ridículo. Pero insistió e insistió y cuando terminé la lámpara yo decía: esto no lo he hecho yo. Estaba convencida de que yo no lo había hecho. Me puse a llamar a Ángel y a decirle: “no se como, pero lo he hecho yo”. Y Ángel no se lo creía. Era una lámpara en color hueso y con los bordes en azul y estaba preciosa en el dormitorio. Y con enchufe y todo. Me resultó muy difícil, pensé que sería de papel, de mentira; pero no ¡funcionaba! Y Susana me decía: “¡pero si tu has hecho la instalación eléctrica de tu casa!”. Y yo decía que no es lo mismo.

Verla y pensar “¡esto lo he hecho yo!”… Me daba miedo enchufarla. Luego sientes un gran orgullo al verla puesta. ¡Sentirte capaz de hacer cosas que antes ni imaginabas! Yo pensaba que no servía para nada y ahora sé que me pongo, y soy capaz”

Esta actividad, además, constituye un medio para poder relacionarse desde la dignidad con la gente, como nos recuerda Gema Quirós: “ A los mayores nos enseñan a hacer cosas en los talleres y te sientes orgullosa. También es importante que lo que hagamos sea para otras personas. Hacer un cuadro, una pulsera que la van a ver personas de otros países. O como aquella vez que nos trajeron unas pulseras que habían hecho unos niños de otro lugar y eso te daba una ventana abierta a personas de otros países”

Y como resultado de esos encuentros y estas actividades un día, nos damos cuenta de que, de nuevo a solas, disfrutamos de aquel paisaje, regresamos a aquel parque, buscamos la ocasión para una nueva conversación, nos atrevemos a montar un pequeño mueble.

Los humanos, que lo somos por diferenciarnos unos de otros, no nos desarrollamos más que en sociedad. De algún modo nuestra fragilidad exige una red protectora, una red social y familiar en la que crecer y diversificarnos. Por eso es interesante que estos momentos liberadores se puedan vivir con otra gente cercana, descubriendo así nuevas facetas de ellos. Leo Sánchez, por ejemplo, comenta así lo importante que fue para ella poder realizar un taller de pintura con su hija Tamara y descubrir todo de lo que era capaz: “Pintó un caballete con un bodegón y un espejo que refleja todo, el caballete y el bodegón. Yo le decía a Tamara ¿Cómo has podido hacer esto?, porque no sabía que podía hacerlo”

La calidad del taller, la buena organización del encuentro o la sensibilidad y carisma de ciertas personas es importante; pero lo más importante es rodear a las personas que viven excluídas tejiendo una red de presencia, partenariado y amistad en libertad. Esa es la base del desarrollo de las capacidades, de la apertura de nuestras ventanas y del crecimiento y clarificación de nuestros horizontes.

No se si estaréis de acuerdo pero creemos que los testimonios de Ángel, Conchi, Gema, Leo y Mari Carmen ponen de manifiesto que se crece en presencia, en compañía y, cuando ya las ventanas se abren a solas, es porque se han abierto antes, al menos, entre dos.

Porque así se genera la ilusión y la esperanza de descubrir nuevas cosas juntos. Y, como dice Ángel García: “Cuando haces una cosa con  ilusión, que te gusta, todas las puertas se te abren”

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