La gente no es basura

Hoy se presenta en Valladolid “Dans les cicatrices de la ville”, de Jaime Solo, escrito originalmente en castellano (todavía no publicado, titulo provisional “La esperanza duele”). Este libro busca comprender mejor y dar a conocer los esfuerzos y luchas cotidianas de quienes viven en la extrema pobreza a partir de relatos que recogen la experiencia y el compromiso del autor y el Movimiento ATD Cuarto Mundo en diferentes barrios de Guatemala Ciudad. Acá va una de las historias recogidas en él:

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Nadie sabe muy bien cuando llegó a echar raíces a la esquina de esta planicie de materia muerta. Ni cuando le ocurrió eso del accidente que le dejó la cintura como que fuera muñeca rota. Aquí, en el basurero, casi todas las verdades profundas, se callan, o para protegernos, o porque ya se saben. Como el nombre, como el nombre de las cosas y de las personas. Le diremos pues por el nombre de uso, con el que le conocen aquí, cuando renació usted a este mundo diferente, Eloísa.

En un lugar de pobrezas cicatrizadas y de luchas incesantes por la supervivencia como es este basurero uno se pregunta cómo alguien cómo usted, Eloísa, siendo inválida, pudo aguantar sin caer en la anulación de la dependencia.

Ahí ha estado durante años, como cada miércoles o cada sábado en los que vinimos a discutir alrededor de libros o canciones o fotos, o arte. En este rincón desmembrado su coquetería, sus ganas de pintarse las uñas o los labios son una provocación a la desgracia y a la miseria. Eloísa es cómo un hada mágica de los cuentos que le gusta leer con voz pomposa y elegantemente exagerada. El maquillaje encendido no esconde el dolor de todo un medio social, ni la piel extremadamente envejecida que multiplica los años cargados de sol y lluvia.

Las gentes me contarán más tarde que son los otros. Aquellos que obligadamente pasan por esta esquina para llegar a sus barrios, los que saludan con una sonrisa en los labios, son ellos los que dejan un costalito con cartones, o con botellas, como quién no quiere la cosa, al lado del saludo, sin esperar más que el buenas tardes. Gesto digno y humilde y anónimo para que Eloísa pueda vender. Para que administre con su esfuerzo de vendedora el hambre y el agua y el sol que ella sola viste.

Y a su alrededor, todo roto, todo rompiéndose. Gentes, animales, cosas. Los costales que juntan el trabajo al final de la tarde. Los jóvenes que se juntan frente al frío que se avecina y la soledad que todo envuelve. El aleteo de los animales peleándose los restos.

Durante años Eloísa ha permitido a todos estos jóvenes permanecer sin desfallecer, como talismán. Apuntalada a esta esquina para irradiar saludos y magia. Cuando era demasiado el aguacero o el humo del incendio nunca han faltado brazos que le subieran cincuenta metros arriba, ahora sí, al asfalto, en una esquina al refugio de los zarpazos de la basura.

Alguna vez, pocas, las palabras le han salido a usted temblorosas, recordando las ratas o la noche. Las ratas que le corren a uno por el cuerpo. Recordando lo oscuro.

Buscando los restos de una tortilla o de un pan. Casi nunca ha denunciado usted el dolor que por vivir aquí ha heredado.

captura-de-pantalla-2013-08-13-a-las-10-02-45Creo que era Juan el que no perdía el ojo del libro, del libro y de su voz. Reía y comentaba para el solo la última frase “Ah, si, mirá, el rey va desnudo, va desnudo. “ Memorizando lo increíble. Después de la risa de Juan recomenzaba usted siguiendo con el dedo las palabras del libro. De repente, alguien ha pasado y ha dicho. “Vaya Eloísa, y yo que pensaba que usted no podía leer”. Usted no ha contestado.

Al rato, mucho después. Dijo usted, en voz baja, pesando las palabras, con un gesto triste de ojos. “Esta gente porque nos mira aquí, en medio de la basura, piensa que uno no sabe hacer nada, que no valemos nada. Eso piensan más que todo”.

Desde el último incendio que casi lo cubre todo con sus grandes humaredas negras de ruedas quemadas, desde entonces, nadie ha vuelto a saber de usted. Quiero pensar que se marchó con sus colores de belleza a otra parte. Adivinó usted que en esta esquina de años pronto nacería un muro que le pondría frontera a los desperdicios y limitaría el basurero, para que nadie tuviera la tentación de seguir confundiendo la basura con la gente.

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